Inicia el sueño, y sólo se ven tus ojos, en un plano cerrado de película experimental. La escena es sencilla: tus ojos a través de la pantalla a 21:9, mirando fijamente a la cámara: a mí, al único expectador conciente. Tardo unos segundos en interpretar que la pantalla 21:9 es en realidad mi vista periférica, y el magnifico encuadre de tus ojos se debe a la ridícula cercanía entre tu cara y la mía: ojos grandes, oscuros, abiertos, atentos.
Eso es lo extraño, lo increíble de este sueño: me estás mirando a los ojos. ¿Por qué no te has dado la vuelta, evitado mi mirada con desprecio; por qué no me has ignorado? ¿Y las mariposas azules, los relojes derritiéndose? ¿Dónde están las pruebas de lo surreal de la situación? Es una pequeña pesadilla, una escenita de lo absurdo horriblemente real, sin elementos para medir el tiempo transcurrido: la persistencia de la memoria mofándose de mí.
Y de repente, los ojos grandes se agrandan aún más; o es la cámara haciendo un diminuto travel frontal; o eres tú acercándote a una distancia enloquecedora. Mi corazón exagera una anticipación y se detiene antes de acelerarse como un condenado; late tres, siete, cien, mil veces; y los ojos, esos ojos, siguen ahí. Entonces, cambiando el completo paradigma de la escena, las cejas se levantan lentamente. A una velocidad de cuatromil cuadros por segundo se observan los pequeños pliegues de los párpados superiores desdoblarse para cubrir la superficie ocular; y cuando he dejado de ver esos ojos, cierro los míos también.
Labios encontrándose. Mi mano en tu pelo, en tu nuca, en tu cuello; tu olor entrando a mi organismo en cada respiro; y el tiempo aún negándose a ser medido.
Después de una corta eternidad, los labios se separan.
Yo abro los ojos.
Tú ya no estás.
Y yo estoy despierto.
El reloj marca las 6 de la mañana con 3 minutos, y aproximadamente 15 segundos; mi alarma suena a las 6, y me quedé dormido el tiempo restante. En tres minutos quince segundos que pasé de mi hora normal de sueño, mi cerebro entró en fase REM y comenzó a mostrarme sueños en una tormenta de actividad cerebral. Ese fue el último que tuve antes de despertar.
Y por eso detesto quedarme dormido.
martes, 1 de junio de 2010
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